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Resonar y habitar

Taller de escucha – FILBA 2026

Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires

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Resonar y Habitar – Taller de escucha
Cartografía de escuchas situadas que resuenan con el entorno, habitan el territorio.

En dos encuentros realizados en el marco del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA 2026), se desarrollo el Taller de escucha: resonar y habitar.
La actividad se orientó hacia la exploración de las escuchas en el entorno mediante prácticas guiadas, ejercicios de percepción y una caminata sonora a ciegas.
Estas experiencias plantearon distintas posibilidades de aproximación a las relaciones entre sonido, cuerpo, espacio y movimiento, atendiendo a las formas en que los sonidos configuran nuestra percepción del entorno y, a la vez, el entorno transforma nuestra escucha.
El sonido como materia de un ritual de transmisión circular en el que la escucha y el entorno se reconfiguran mutuamente, de manera incesante. Dinámicas helicoidales que los constituyen como un cuerpo único, indivisible y situado.
Registros sonoros de
Grimanesa Lázaro – Marie Vingtras – Laura Molina – Nicolás Brignani – Graciela Montañez – Anne Marie Gall​ – Inés Ibarra – Florencia Samudio

Marie Vingtras y Grimanesa Lázaro, dos autoras invitadas a FILBA 2026, participaron en la caminata a ciegas del Taller de escucha, realizada en la Reserva Ecológica de la Costanera Sur. Luego de la experiencia, se les propuso que cada una escribiera un texto para presentar y leer en la sección Bitácoras, que forma parte de la programación de cierre del festival.

La casa estaba abandonada desde 1950. Cuando le pregunté a mi abuelo si tenía riesgo de derrumbe, me contestó que setenta años para una casa no son nada porque en esa época el cimiento estaba hecho de verdad.

Imponente, con balcones cuyas barandas eran pequeñas columnas de estilo romano, quedaba a cincuenta metros de la calle. Por las tardes, al caer el sol, un lindo color entre arena y cemento se mezclaba sobre ella y hacía brillar las malas palabras escritas con aerosol en las paredes. Por entre las rajaduras le crecían finos brazos de hiedra que abrazaban el cemento, bajo un estrés constante por la falta de lluvia. En primavera, los yuyos se volvían una barba tupida que tocaba el suelo.

No tenía mucho tiempo para observarla por fuera porque siempre que llegaba escondía mi bicicleta entre unos troncos y entraba rápido sin llamar la atención. Vivía con el miedo constante de toparme con alguien, pero, aunque era un punto de encuentro de la gente del pueblo, la verdad era que en el interior te inundaba el olor a pis. Los que entraban siempre la atravesaban corriendo porque existía el rumor de que un fantasma te chupaba para adentro. En el piso, entre los escombros y los cimientos, quedaban ropa vieja, botellas rotas y ojotas. Los charcos de lluvia desteñían pedazos de hierro. El agua con herrumbre tenía un olor seco, a acero podrido, y te ensuciaba las zapatillas de forma permanente. Pero debajo de la superficie, la joya de la construcción abandonada era una habitación subterránea. Mi abuelo dice que era para guardar cosas, pero mi abuela jura que ahí hacían dormir a las tres o cuatro empleadas que tenían. Incluso me llegaron rumores de que varias casas estaban conectadas por túneles secretos, pero es algo que nunca pude comprobar porque en esa oscuridad, palpando y palpando las paredes, jamás me topé con la puerta de un túnel.

La entrada a esa parte subterránea estaba tapiada con ladrillos huecos. Con una patada pude romper los primeros. Tuve que hacer varios viajes para traer herramientas chiquitas debajo de la remera y seguir abriendo, hasta dejar un hueco mayor a un puño. Sin hacer mucho ruido, sin romper más de la cuenta. Le dejé una forma irregular a propósito, para que pareciera una rotura más y no algo hecho por mí. Ese portal a la nada pegaba muy bien con la destrucción general de la casa.

Me llamaba la atención que la gente casi no mirara esa parte, aunque de vez en cuando encontraba latas, bolsas con basura, preservativos y colillas de cigarrillos. Del otro lado de esa entrada estaba tan oscuro como en el monte en una noche de julio. Meter el brazo por primera vez me dio mucho miedo. Para mi sorpresa, alcancé a tocar el piso y una pared, pero no el techo. Sentía el brazo más frío que el resto del cuerpo y por primera vez en mi vida no sentí el correr del viento. Animarme a pasar otra parte mía por el hueco me llevó varias expediciones. Al principio solo metía un brazo hasta cerca del hombro o una pierna hasta la cadera. Luego me animé a acercar la cabeza. Tener la boca, los ojos, la nariz y los oídos dentro de un lugar desconocido te produce el vértigo de acelerar hacia el mar.

Finalmente, después de meses de cavar entre los ladrillos con una cuchara, agrandé el hueco lo suficiente y logré pasar de cuerpo entero. Como se filtraba un poco de luz desde afuera, tapé la abertura con un cartón. Di un paso agarrado de las paredes y noté que estaba al inicio de una escalera. Tenía diez peldaños y ninguna baranda: podías caer tranquilamente al vacío. Bajé y, antes de explorar el resto del subsuelo, me senté en el último escalón y me quedé ahí un rato. Nunca prendí una luz.

Al respirar me puse a pensar que el aire entra a los dos pulmones oscuros, que el oxígeno pasa a la sangre y circula en un circuito negro. La piel no deja pasar la luz y todo lo que nos mantiene con vida lo hace en las sombras. Un bebé no ve la luz durante nueve meses y, aunque se piense que el primer trauma de la vida es respirar, quizás sea más terrible sentir el destello de la lámpara sobre las córneas.

Solo, en un ancestral hueco de cemento, uno escucha sus latidos cardíacos, piensa en lo último que comió y vuelve a evocar ese sabor en la garganta. No hay posibilidades de quedarse dormido porque en la oscuridad hay mucho estrés. Se llega a sentir la tensión de los músculos de la espalda que trabajan para mantenerte erguido.

Y así pasé muchos días en el subsuelo, escuchando a la gente entrar y salir de la casa, las bromas, los sustos, las sorpresas, las caídas por querer salir corriendo. Imaginaba a las mujeres orinar en cuclillas, escuchaba algún que otro beso y confesiones absurdas sobre pequeños crímenes de amor, alcohol y dinero. Me animé a llevar un sapo para que me acompañara, convencido de que abajo tendría bichos para comer. Solo vivió tres días, o por lo menos dejó de dar señales de existencia.

Después, loco en ese pedazo maldito del universo, comenzás a escuchar los ruidos más insólitos. Las máquinas de la superficie: un auto, un camión, la correa de una bicicleta. Un cascarudo contra una pared. Una zapatilla en un charco de agua. El crujido de las ramas altas, el viento en la ropa de alguien más. En los exhalaciones de alguien más. Y poco a poco te inunda el miedo de pisar un vidrio, una aguja, una serpiente, un agujero negro. El miedo en relación con el espacio no se va nunca, pero cuando el hombre pisó la Luna se dio cuenta de una cosa: habitar te vuelve dueño.

El texto será publicado en los próximos días.

Salida a la Reserva Ecológica de Costanera Sur para realizar una caminata de escucha a ciegas y registros sonoros geolocalizados.
Fotografías gentileza de FILBA 2026